TRADICIONAL MARCHA DE CAMPAÑA
El Camino de los Valientes: La Marcha de San Luis
El amanecer del 7 de septiembre
nunca es uno cualquiera en Chuquibamba. Para los jóvenes de cuarto y quinto año
del Colegio Nacional, así como para los entusiastas voluntarios de otros
grados, esa mañana marca el inicio de una aventura que han esperado por años:
la tradicional Marcha de Campaña. Con mochilas cargadas e implementos de
supervivencia listos para afrontar dos días de travesía hacia el distrito de
Iray, los estudiantes se congregaron en la plaza mayor.
La Plaza de Armas estaba animada
con los padres de familia y la población entera se habían reunido para
despedirlos con orgullo. Antes de dar el primer paso, las voces de los
muchachos rompieron el frío de las ocho de la mañana entonando con fervor el
himno del colegio “Hace un siglo Colegio Sagrado…”. Bajo la guía de
instructores militares, los estudiantes se organizaron en imponentes batallones
y comenzaron el recorrido por las calles de Chuquibamba. Sus voces, llenas de
energía, resonaban con cantos militares y lemas creados por ellos mismos,
mientras avanzaban haciendo ejercicios físicos ante la mirada de los
vecinos.
El contingente dejó atrás el
pueblo y tomó la carretera hacia Cotahuasi, para luego internarse en los
antiguos senderos que conducen al sector de La Piedra del Niño, Los Colorados,
Laguada y la exigente zona de Caracoles. Desde allí, iniciaron el descenso
hacia las áridas y majestuosas Pampas de Asia. El camino no era un simple
paseo; la instrucción premilitar y los diversos ejercicios físicos templaron el
cuerpo y el carácter de los jóvenes a lo largo de todo el trayecto.
A las dos de la tarde, el
cansancio y el polvo del camino encontraron su recompensa. Los batallones
descendieron por la imponente quebrada de Jarañahuia con dirección al pueblo de
Puyuto. Allí, el agua fresca de la piscina les devolvió la vida, seguida de un
almuerzo reparador y un breve descanso bajo la sombra. Sin embargo, la jornada
aún guardaba momentos especiales. A las cuatro de la tarde, reanudaron la
marcha hacia la escuelita de Iray, su cuartel general, donde se prepararon para
subir a Casconza y participar en la víspera en honor a la Virgen de la Alta
Gracia. Entre rezos, cantos y el estallido de los castillos de fuegos
artificiales que iluminaban el cielo nocturno, los muchachos rindieron homenaje
a su patrona. A la medianoche, con el corazón lleno y los pies cansados,
regresaron a la escuela de Iray para un merecido descanso.
El 8 de septiembre comenzó
temprano. Con los primeros rayos del sol, los estudiantes cumplieron con su
rutina de ejercicios, se asearon y compartieron el desayuno. Luego, con el
equipaje nuevamente a la espalda, cruzaron la vía principal de Iray. El cansancio
físico era evidente, pero lo combatieron redoblando esfuerzos con trotes y
cantos militares. Los vecinos del distrito salieron a las puertas, rompiendo en
aplausos y arengas para darles las fuerzas necesarias para continuar hacia
Casconza.
Al llegar, los estudiantes se
cambiaron para lucir bien uniformados y asistieron a la misa de fiesta y el compartir
de los alferados, a las tres de la tarde frente a la imagen de la "Mamita
Alta Gracia", inclinaron la cabeza con devoción y recibieron su bendición,
un escudo invisible para el viaje de vuelta. Tras la ceremonia, emprendieron el
retorno a Chuquibamba, desafiando la exigente subida de la carretera con
ejercicios, vivas y lemas que mantuvieron vivo el entusiasmo del grupo.
A las cinco de la tarde, tras dos
intensos días de ejercicios y fuera de sus hogares, las cansadas pero
orgullosas siluetas de los estudiantes aparecieron finalmente a lo lejos. En la
entrada del pueblo, la banda de música del colegio los esperaba para marcar el
compás de su regreso. La alegría estalló entre los padres de familia y toda la
población chuquibambina que se había congregado para recibirlos.
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